...Aunque mi teoría apunta la importancia vital de atribuir a los órganos centrales ciertos poderes de dirección hoy confinados en su mayor parte a la iniciativa privada, le reconoce un amplio dominio de la actividad económica. En lo que concierne a la propensión al consumo, el Estado se verá obligado a ejercer sobre ella una acción directa en su política fiscal a través de la tasa de interés y quizás también por otros medios. En cuanto a los flujos de inversión, parece poco probable que la influencia de la política bancaria sobre la tasa de interés basta para llevarlos a su nivel óptimo. También pienso que una muy amplia socialización de la inversión se revelerá como el único medio de asegurar la proximidad del pleno empleo, lo que no implica excluir compromisos y fórmulas de todas clases que permitan al Estado cooperar con la iniciativa privada. Pero, al margen de lo dicho, no hay razón alguna que justifique un socialismo de Estado abarcando la mayor parte de la vida económica de la comunidad; las medidas de socialización, por lo demás, deber ser aplicadas de un modo gradual y sin alterar las tradiciones generales de la sociedad. Pero tan pronto como los organismos centrales hayan conseguido restablecer un régimen de producción que se corresponda con una situación lo más cercana posible al pleno empleo, la teoría clásica volverá a tener vigencia. La existencia de organismos centrales de dirección necesarios para asegurar el pleno empleo, acarreará, como es de suponer, una amplia extensión de las funciones tradicionales del Estado. El aumento de la esfera de las competencias estatales, imprescindibles para el ajuste recíproco de la propensión al consumo y el estímulo a la inversión, parecería a un tratadista del siglo XIX o a un financiero americano de hoy una flagrante violación de los principios individualistas. Y, sin embargo, esa ampliación de funciones se nos muestra no sólo como el único medio de evitar una completa destrucción de las instituciones económicas actuales, sino como la condición de una práctica acertada de la iniciativa privada" J.M. Keynes, Teoría General del empleo, el interés y el dinero, 1936. I. INTRODUCCIÓN. El documento es un fragmento de la principal obra de J. Keynes, centrada en las posibles fórmulas que facilitarán la superación de los efectos negativos de la crisis de 1929 sobre el empleo. La crisis de 1929 fue la más grave de las crisis cíclicas por las que había atravesado el sistema capitalista. La superación de la misma supuso el resquebrajamiento de las fórmulas liberales tradicionales y la búsqueda de planteamientos nuevos capaces de dar solución a los problemas planteados. Keynes fue un importante economista británico que destacó por sus críticas a las teorías económicas tradicionales. Buscó una síntesis entre el socialismo y el capitalismo. Tras la crisis de 1929, planteó una renovación radical del capitalismo con el fin de superar los efectos negativos de la misma. II. COMENTARIO. La crisis de 1929, iniciada en Estados Unidos en octubre de ese año, tuvo un alcance mundial. Sus efectos fueros devastadores y afectaron a todos los sectores de la economía: la banca, las finanzas, la industria, la agricultura, etc.., arrastrando al paro y a la ruina a millones de trabajadores y de pequeños empresarios. En pocos meses el mundo capitalista pasó de la prosperidad de los años veinte a la depresión. Las consecuencias sociales de la crisis se puede resumir en la reducción del consumo, el incremento, hasta cotas desconocidas hasta entonces, del paro, el crecimiento de la pobreza, la acentuación de las desigualdades y la radicalización de posturas, con el retroceso del liberalismo y el crecimiento de los movimientos fascistas de extrema derecha y de los partidos comunistas. Para salir de la delicada situación por la que atravesó en los primeros años de la década de los treinta el sistema económico liberal y los regímenes parlamentarios, se abrieron paso ideas que suponían un cambio radical de las posiciones tradicionales del capitalismo. En este campo la contribución de Keynes es fundamental. Aportó las ideas básicas para que el capitalismo cambiara y superara la crisis a través del intervencionismo del Estado. De esta manera se estimulaba el consumo y se fomentaba el trabajo -cierto dirigismo, subvenciones, control de precios y salarios, fomento de las obras públicas, planificación económica, etc...- Estas medidas eran impensables en el capitalismo clásico. La plasmación más importante para estos años de la nueva concepción capitalista fue el New Deal norteamericano, si bien las ideas de Keynes son posteriores. III. CONCLUSIÓN. Las ideas de Keynes fueron aplicadas en numerosos países y fueron, en gran medida, básicas para la superación de la crisis. Por otra parte, al tiempo que defendían la pervivencia del capitalismo, plantearon la necesidad de aplicar nuevas fórmulas que permitieran evitar futuras crisis. En gran medida Keynes es el padre del capitalismo de la segunda mitad del siglo XX. La posición de Keynes supuso en su momento una novedad absoluta, por su pretensión de aunar planteamientos capitalistas y socialistas. Los hechos posteriores demostraron la brillantez de las propuestas del autor, ya que sus planteamientos han sido seguidos en gran medida hasta la actualidad. |
viernes, 1 de julio de 2011
Teoría General del empleo y del dinero. Intervencionismo del gobierno en materia económica
miércoles, 29 de junio de 2011
HEROINAS. ATLETAS
domingo, 19 de junio de 2011
Heroínas. Solas.
Penélope no necesita a un marido, no es un esposo lo que busca, tiene más de cien pretendientes que revolotean alrededor de sus faldas desde hace años aspirando a ese título y fastidiándola. No quiere un nuevo marido, quiere a Ulises. Quiere a ese hombre. Quiere exactamente "al Ulises de su juventud". Jean-Pierre Vernant, El universo, los dioses, los hombres. Penélope, la esposa de Ulises en la Odisea, encarna el modelo literario de la fidelidad, la mujer sumisa que espera en casa al héroe ausente. Sufre una marginación asumida. Ulises combatió durante diez años en la guerra de Troya, y tardó aún otros diez en volver a su casa en Ítaca, un larguísimo periodo de tiempo en el que tuvo que vencer todo tipo de peligros y vivió diversas aventuras con diosas y ninfas. Mientras, Penélope aparecía representada en el arte antiguo como una figura sentada, era la imagen paciente de la melancolía. Pero la Penélope del escultor francés Antoine Bourdelle se ha levantado con un impulso decidido y esto nos obliga a revisar la tradición, a descubrir en su espera y su nostalgia una señal de autonomía y de resistencia. Es una mujer enamorada, por eso espera al hombre que ama. Es también una madre tierna y sola. Su cuerpo rotundo nos pide respetar a la reina de Ítaca, depositaria del reino, capaz de defenderlo con su inteligencia astuta y de conservarlo para Ulises. Para engañar a los príncipes que aspiraban al trono, Penélope les prometió elegir marido cuando terminara la tela que estaba tejiendo, el sudario para su suegro, el anciano Laertes. Pero cada noche destejía la labor hecha durante el día, y así evitaba la obligación de volver a casarse. La heroína dibujada por Homero en la Odisea era la activa tejedora de una soledad fructífera, la mujer astuta que acabará reencontrándose con su hombre astuto, una interlocutora al nivel del héroe, Ulises, la inteligencia casada con la inteligencia. Una historia diferente imaginamos en la estrecha Habitación de hotel de Edward Hooper, donde una mujer joven lee un papel sentada en la cama. La semidesnudez de la muchacha contrasta con la luz fría y el espacio despersonalizado de la habitación. Se ha liberado de la ropa y los zapatos. Pero no se tumba en la cama, tampoco cierra del todo la persiana ni las cortinas. La cama está hecha. Acaba de llegar. No ha deshecho el equipaje. ¿Qué ha venido a hacer a este lugar? ¿Donde está? ¿La espera alguien? ¿Cuanto tiempo se va a quedar? Si el tema es el viaje vemos demasiado poco, a Hooper parece no importarle el sitio al que ha llegado. Sin embargo, es la soledad de la viajera la que llena la habitación. "Las heroínas modernas de la soledad ya no se identifican con Penélope, sino con Ulises" -apunta Guillermo Solana-,no esperan al héroe ausente, sino que se convierten en viajeras con él". Hooper ha destacado a la mujer al dejarla en sombra en un espacio bien iluminado. El contraluz que oculta sus facciones resalta su silueta. Por un comentario recogido de los cuadros del artista que llevaba su mujer, la pintora Josephine Nivison, sabemos que el papel doblado que estudia la joven es sólo un horario de trenes. Viajar en manos de Hooper parece un relato mucho más rutinario que el contado por Homero. |
martes, 14 de junio de 2011
Memoria de la incertidumbre. Adiós a Jorge Semprún.
He perdido mis certidumbres, he conservado mis ilusiones, así resumía Jorge Semprún una vida de compromiso político e intelectual. Para mi Jorge fue toda una revelación cuando estuvo en el Congreso Internacional sobre la Guerra Civil española que celebro la UNED hace ya unos años. Tras varios años de libros, estudios y debates te encuentras un día con él y te recomienda la lectura de La Esperanza de A. Malraux y te das cuenta que la literatura, como elemento de transmisión de la experiencia vivida resume en un frase lo que montones de libros de historia no expresan, "recuerden aquello que dice el personaje de Malraux, hay guerras justas, no ejércitos inocentes, eso fue la guerra civil" de repente mucha piezas empiezan a cobrar un nuevo sentido. Los historiadores deberíamos aprender del compromiso ciudadano entendido como testimonio de hombres como Semprún o Primo Levi, su obra es un ejemplo de las potencialidades de la memoria, así lo ha dejado bien claro Enzo Traverso en su libro El pasado, instrucciones de uso. Historia, memoria, política. Es nuestra responsabilidad hacer entender que la memoria se conjuga siempre en presente y eso determina sus modalidades y sus usos. La Historia nace de la memoria, que es una sus dimensiones, a nosotros nos corresponde desde una postura reflexiva transformarla en un discurso emancipatorio como ha reclamado Semprún. |
martes, 7 de junio de 2011
HEROÍNAS.
CARIÁTIDES. La firme aguadora pintada por Jules-Adolphe Breton sigue el espíritu de Jean François Millet, que empezó a pintar a los campesinos a mediados del siglo XIX, cuando el derecho al trabajo se convirtió en una reivindicación social, y a la vez, el trabajador empezó a ser un tema artístico. Millet convirtió a lo campesinos en símbolos del trabajo agrícola, de su valor y belleza moral. El artista había leído la Biblia y la poesía bucólica de Virgilio, y en su pintura creaba un mundo rural intemporal, de grandeza antigua y pacífica. Las mujeres campesinas de Jules Bretón, segadoras, aguadoras y espigadoras, celebraban a la mujer trabajadora, pero exaltan una servidumbre. Son hijas de la Tierra, atadas para siempre a ella, heroínas encadenadas. Su porte robusto, nos recuerda a las cariátides, esculturas femeninas que sujetaban la techumbre de los templos clásicos griegos. Desde los inicios de la Revolución industrial, en escritos de Rousseau y Michelet en Francia, y Ruskin y Morris en Inglaterra, el campesino encarnó la imagen mítica del pueblo trabajador, laborioso y fuerte. Estas mujeres campesinas son las grandes cariátides que sostienen la arquitectura de la familia y la de sociedad. Janine Antoni se enfrenta a esas heroinas y propone un mundo al revés: las cosas pueden ser de otra manera, es posible liberar a las mujeres de un simbolismo tradicional que las encadena. La artista se retrata boca abajo y dando la espalda al público, como una cariátide imposible, que se revelará contra su función tradicional de sujetar el cántaro. Ese objeto de cerámica es un símbolo antiquísimo del cuerpo femenino, de sus curvas, y de la concavidad del útero. El cántaro roto representaba la virginidad perdida. Janine Antoni rechaza con esta obra el papel tradicionalmente impuesto a la mujer, destruye el cántaro real, y en la foto, más que sujetarlo parece emanar de él. |
jueves, 5 de mayo de 2011
LOS CAMINOS DE LA LIBERTAD Viejas notas
Sobre la actitud ante la guerra civil española de un intelectual francés. Estoy viejo. Aquí estoy, aplastado sobre una silla, hundido hasta el cuello en mi propia vida y sin creer en nada. Sin embargo, yo también he querido partir para una España. Y después de todo eso no se arreglo. ¿Acaso hay dos Españas? Yo estoy aquí, me asqueo, siento el viejo sabor, yo soy mi propio sabor, yo existo. Existir es eso; beberse sin sed. Treinta y cuatro años. Treinta y cuatro años paladeándome, y estoy viejo. He trabajado, he esperado, he tenido lo que quería: Marcela, París, la independencia, asunto acabado. Ya no espero nada. Contemplaba ese jardín rutinario, siempre nuevo siempre el mismo, como el mar, recorrido desde hacía cien años por las mimas olillas de colores y ruidos. Había eso: esos niños que corrían en desorden, los mismo desde hacía cien años, ese mismo sol sobre la reinas de yeso de dedos rotos, y todos esos árboles; estaba Sarah y su kimono amarillo. Marcela encinta, tan monótono, que bastaba para colmar una vida; era la vida. El resto, Las Españas, los castillos en el aire era...¿qué? ¿Una tibia religioncita laica para mi propio uso? ¿El acompañamiento discreto y seráfico de mi verdadera vida? ¿Una coartada? Así es como me ven ellos, Daniel, Marcela, Brunet, Santiago; el hombre que quiere ser libre. Come, bebe, como todo el mundo, es funcionario del gobierno, no se mete en política, lee "La Obra y El Popular", tiene dificultades de dinero. Solo quiere ser libre como otros quieren una colección de estampillas. La libertad es una jardín secreto. Se pequeña connivencia consigo mismo. Un tipo perezoso y frío, algo quimérico pero muy razonable en el fondo, que se ha confeccionado sigilosamente una sólida y mediocre felicidad de consideraciones elevadas. ¿Seré yo eso? Sobre el compromiso político - ¿Te niegas? - Si -dijo Mateo desesperado-, si Brunet; me niego. Y pensaba: "Ha venido a a ofrecerme lo mejor que tiene" - Naturalmente -dijo Brunet con impaciencia-. Vosotros los intelectuales sois todos iguales: todo cruje, todo desaparece, los fusiles van a disparar solos, y vosotros os quedáis ahí, apacibles: vosotros reclamáis el derecho de ser convencidos. Ah, si al menos pudieras verte con mis ojos, comprenderías que el tiempo apremia. - Bueno, pues sí, el tiempo apremia, ¿y que? - ¡Ahí tienes! Haces como que te lamentas tu escepticismo, pero estás apegado a él. Es tu confort moral. En cuanto lo atacan, te prendes a él ásperamente, como tu hermano mayor al dinero. - Yo no tengo nada que defender: no estoy orgulloso de mi vida y no tengo un centavo. ¿Mi libertad? Me pesa: años hace que soy libre para nada. - Hubo un silencio - Bueno, ¿y entonces? - Y bueno, ya ves, no puedo afiliarme, no tengo bastantes razones para eso. Protesto como vosotros, contra las mismas gentes, contras las mismas cosas, pero no bastante. No puedo hacer nada. Si me pusiera a desfilar levantando el punto y cantando la Internacional, y me declarara satisfecho con eso me engañaría, ¿Es que no me comprendes, Brunet? Dime , ¿es que no me comprendes? - No sé si te comprendo muy bien. Me voy, voy con retraso. - No puedes imaginarte lo que me ha conmovido que hayas venido a verme y que me hayas ofrecido tu ayuda, simplemente porque tenía mala cara esta mañana. Y tenías razón, ¿sabes?, necesito ayuda. Sólo que es tu propia ayuda la que yo querría...no la de Karl Marx. Yo quería verte a menudo y hablar contigo amigo. ¿No sería posible? Brunet apartó la vista. Bien lo querría -dijo-, pero no tengo mucho tiempo.Tu me sigues importando, están también los recuerdos. Pero eso no cambia nada de la cuestión: mis únicos amigos, ahora, son los camaradas del Partido; con ellos tengo todo un mundo en común. - ¿Y tu crees que nosotros no tenemos ya nada en común? Preguntó Mateo. - Brunet se encogió de hombros. Se ha marchado. Se marchaba por las calles, escorado y balanceándose como un marinero, y las calles se tornaban reales una a una. Pero la realidad de la habitación había desaparecido con él. Yo me he negado porque quiero conservarme libre; esto es lo que puedo decir. Y puedo decir también: me ha dado dentera; me gustan mis cortinas verdes, me gusta tomar aire, por la tarde, en mi balcón y no querría que eso cambiara; me gusta indignarme contra el capitalismo y no querría que lo suprimieran porque entonces no tendría ya motivo para indignarme, me gusta sentirme desdeñoso y solitario, me gusta decir que no, siempre que no, y tendría miedo de que trataran de construir buenamente un mundo pasable, porque entonces tendría que decir que si y que hacer como los demás. Por arriba o por abajo: ¿quien decidiría? Edad de la razón y edad de la resignación Tu vida es un perpetuo compromiso entre una afición a la revuelta y la anarquía en el fondo muy modesta, y tus tendencias profundas que te llevan hacia el orden, la salud moral y casi diría la rutina. El resultado es que has seguido siendo un viejo estudiante irresponsable. Pero mírate bien, mi viejo: tienes treinta y cuatro años, el cabello se te cae un poco -cierto que no tanto como a mí- ya no eres ningún jovencito y la vida bohemia te sienta tan mal. Además, ¿qué es la bohemia? Eso era muy bonito hace cien años, ahora un puñado de extraviados que no son peligrosos para nadie, todos fracasados. Tu has llegado a la edad de la razón, Mateo, has llegado la edad de la razón o deberías llegar a ella -repitió-. - ¡Bah! -dijo Mateo-, tu edad de la razón es la edad de la resignación, y no me interesa mayormente. |
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